Enseñanza técnica. Si un hombre caído tiende su mano para que lo levantemos, no bajemos la guardia.
Enseñanza filosófica. Los mejores amigos que pelean a puñetazos es una escena arquetípica del cine. Pero, ¿por qué pelean estos amigos? Uno de ellos se niega a ponerse las gafas de sol que le entrega su compañero. Sangran, se patean, marcan sus cuerpos con magullones, jalan sus cabellos, pierden mechones. ¿Por qué? (Un alumno responde: Por unas gafas. El maestro responde: ¿Pegarías a tu hermano por unas gafas? Alumno: No). Eso es porque las gafas son una excusa. Esta pelea es una manera de manifestar el deseo de tocar el cuerpo de otro hombre. Observemos de nuevo, la coreografía de la lucha imita el acto amoroso: se intercambian los turnos de actividad, gimen, jadean, se montan uno sobre el otro, se detienen y vuelven a empezar. De hecho, el primer golpe, intempestivo, llega cuando el otro le alcanza los anteojos, casi como si hubiese intentado tocarlo indebidamente. Cuando luchan, no intentan acabar con el otro, intentan aniquilar su propio impulso homosexual pero, al intentarlo, lo agigantan. Por eso, al final, uno le calza los anteojos al otro, que está inerte en el suelo. Es el climax. El otro, ya no se resiste. Una vez que se los pone, descubre un nuevo mundo. Concluyen abrazados, jadeantes, como un matrimonio. Maldiciendo todo lo que tuvieron que padecer para llegar a este momento. “La vida es una puta”, dice uno. El problema no son nuestros deseos, el problema es desconocerlos. Desconocer nuestros deseos nos lleva a lastimarnos. Siempre hay un paraíso de gente que comparte nuestros deseos. Para entrar, debemos conocernos.
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